Tengo que reconocer que en mi niñez no era una ávida lectora de tebeos, ni de historias infantiles, no pasaba horas leyendo a Jabato, El Capitán Trueno o similares, ni siquiera Mortadelo y Filemón…no, era más bien lo contrario. Mi relación con los libros, no fue un amor temprano, sino más bien del inicio de mi juventud (no sé si relacionado con los cambios hormonales…nunca lo había pensado).
Recuerdo que el primer libro que
leí, que sea digno de ese nombre, fue Cinco
semanas en globo de Julio Verne, estaría en 4º de EGB (sí en mi época
todavía era EGB) y supuso el descubrimiento de los libros, aunque no fue el
pistoletazo de salida de mi avidez lectora, porque aunque recuerdo leerlo con
gusto, el gusanillo de la lectura llegó un par de años después.
Creo que el inicio preciso de esa
especie de enfermedad se produjo con dos libros (que estoy segura a muchos les
hará sonreír). El primero, Mujercitas
de Louisa May Alcott (y todas las secuelas de este libro, por supuesto). Lo sé,
visto ahora es un poco ñoño, pero en ese momento me hizo descubrir a una Jo
independiente y segura de sí misma con la que siempre quise identificarme y que
siempre admiré.
Mi querido libro de Mujercitas (contiene también las siguientes novelas)
El segundo de esos libros fue Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas (y por supuesto todas sus
secuelas posteriores), y aquí me enamoré de Athos, y quise ser uno de ellos,
aprendí mucha historia francesa (algo tergiversada, cierto es, pero con cierta
dosis de verdad) que también despertó en mi el cariño y afición que siento
hacia la historia en general. Ambos libros los guardo con cariño, y un poco
perjudicados, el primero regalo de mi abuela y el segundo un regalo (algo
forzado diría ella) de mi madre…lo que hace que les tenga aún más cariño si
cabe.
Mi maltratado ejemplar de Los tres mosqueteros
A partir de estos dos libros fue
como abrir la veda, como romper una presa, de repente empecé a leer…sin
parar…al principio buscando aventuras principalmente. Aún recuerdo las tardes
que pasé con el Corsario Negro y Yolanda de Emilio Salgari surcando mares
de nombres exóticos. Y las tardes de verano leyendo una detrás de otra las
romanticonas novelas, con algo de históricas, de Rafael Pérez y Pérez, un autor
poco conocido hoy en día, pero del que mi abuela tenía estanterías enteras, así
que me dediqué a desvalijar su biblioteca, con algunos títulos memorables…La doncella de Loarre, el Hombre del tajo en
la cara, El templario o Los Cien caballeros de Isabel la Católica…os
aseguro que me pasé un verano intensivo con este autor, lo que provocó que
nunca más lo volviera a leer, del atracón que me di.
Pero hay otros títulos que seguro
muchos puedan incluir entre sus lecturas tempranas, como
los libros de mi adorado Walter Scott con la increíble Ivanhoe, los libros de Robert Louis Stevenson, como La isla del tesoro o La flecha negra o Mark Twain con
historias emocionantes como Príncipe y
mendigo o la cómica Un yanqui en la
corte del Rey Arturo…¡¡cuántos recuerdos!!.
Inicio de Ivanhoe
Poco después di el salto a la
fantasía…y volé con el dragón blanco en La historia interminable de Michael
Ende, este libro recuerdo habérmelo leído en un solo día, y dar el salto a los
libros con mayúsculas, más que nada por el volumen, cuando leí El Señor de los Anillos de Tolkien.
la historia interminable, mi debut con la fantasía
Ay, me estoy dejando llevar por
la nostalgia…cuantas lecturas increíbles, que me hicieron soñar por unas
cuantas horas, que me hicieron sentir que el estómago se me encogía ante los
peligros de mis héroes, o me hicieron llorar con la muerte de personajes como
Gandalf o Beth (dos de esos momentos que no podré olvidar y que casi hacen que
dejara de seguir leyendo los libros de la pena que me dio). Y es que es
maravilloso que la palabra escrita sea capaz de emocionar de esa manera…quizá
por eso, después de tantos años, sigo enganchada a este vicio entre los
vicios…y es que soñar es adictivo.
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